Escrito por: Máster Mildred Sandoval. Docente e investigadora, UNASA.
Ana María regresó a su casa a las seis de la tarde, después de pasar por el supermercado y culminar una jornada laboral agotadora. Sus hombros cargan el peso de una rutina que parece no tener fin: informes pendientes, deudas por pagar, preocupaciones, compromisos y el esfuerzo constante de mostrarse fuerte, aunque internamente se siente agotada y con incertidumbre sobre el futuro.
Después de cerrar la puerta y colocar las compras sobre la mesa, escuchó la voz de su niño pequeño que venía corriendo a encontrarla desde el comedor:
—Hola mami, mi maestra dijo que tengo que llevar la maqueta de un hospital para mañana y te estaba esperando para que me ayudes a hacerla.
Segundos después, su esposo la saluda desde el dormitorio:
—Hola amor, ¿podrías preparar la cena? Necesito terminar un informe que debo entregar mañana.
Al escuchar ambas solicitudes, Ana María se quitó los zapatos y sonrió mientras intentaba organizar mentalmente cada tarea. Aunque se sentía abrumada, había aprendido que para ser “una buena mujer” tenía que poder solventar todas las demandas de su familia, sin quejarse, incluso cuando eso implique ocultar su cansancio, sus emociones y sus propias necesidades para priorizar el bienestar de quienes ama.
La historia de Ana María representa la realidad de muchas mujeres que, debido a la diversidad de roles que desempeñan y su aprendizaje cultural sobre sacrificio y feminidad, terminan sosteniendo en silencio múltiples responsabilidades familiares, laborales y sociales. Esta carga constante puede influir significativamente en la salud física y mental, especialmente cuando el autocuidado queda relegado a un segundo plano. Con frecuencia, las mujeres continúan cuidando de otros mientras minimizan sus propias señales de agotamiento.
La salud física y la salud mental constituyen elementos inseparables del bienestar integral de la mujer; ambas forman un binomio que invita a reflexionar sobre la importancia de la prevención, el autocuidado y la búsqueda oportuna de apoyo. Cuidarse no significa abandonar responsabilidades, sino reconocer que para acompañar y cuidar a otros también es necesario cuidar de uno mismo.
La magnitud de esta problemática se refleja en los datos de la Primera Encuesta Nacional de Salud Mental, presentada por el Instituto Nacional de Salud y el Ministerio de Salud, realizada durante el año 2022, la cual reportó que el 20.0 % de las personas entre 18 y 59 años presentaban trastornos de ansiedad y el 22 % presentaba algún grado de depresión.
Estas cifras evidencian que una parte importante de la población salvadoreña enfrenta preocupación excesiva, tensión constante, alteraciones del sueño, sentimientos de tristeza, agotamiento emocional y dificultades para disfrutar plenamente de la vida cotidiana.
Otro estudio realizado en 2021 por la Universidad Don Bosco sobre las propiedades psicométricas de la escala abreviada de Depresión, Ansiedad y Estrés (DASS-21) en adultos salvadoreños evidenció la presencia de manifestaciones asociadas a esos síntomas emocionales, especialmente en mujeres, las cuales presentaron mayor ansiedad y estrés. Sus hallazgos también reflejan que estas manifestaciones no deben interpretarse únicamente como experiencias individuales, sino como situaciones que pueden relacionarse con las condiciones de vida, las responsabilidades diarias y las demandas sociales que enfrentan las personas. Reconocer estas señales constituye un primer paso para buscar apoyo, cuidado integral de la salud y promover una cultura de prevención.
Sin embargo, comprender la dimensión de esta realidad exige ir más allá de los porcentajes y reconocer que cada cifra representa una experiencia humana marcada por desafíos cotidianos.
Detrás de cada estadística o dato numérico existen historias de vida como la de Ana María, mujeres que continúan enfrentando sus responsabilidades mientras esconden detrás de una sonrisa la creencia de que pueden resolverlo todo solas. Por ello, la prevención en salud no solamente implica atender una enfermedad cuando aparece, sino también reconocer las propias necesidades, solicitar ayuda cuando sea necesario, fortalecer las redes de apoyo, establecer límites saludables y comprender que descansar también forma parte del cuidado personal.
Como profesional de la salud, considero que persisten barreras culturales que dificultan que muchas mujeres prioricen su salud. Con frecuencia, la sociedad espera que asuman múltiples responsabilidades sin reconocer el impacto que estas pueden generar en su bienestar. Desde esta perspectiva, promover el autocuidado no representa un acto de egoísmo, sino una estrategia necesaria para prevenir afectaciones en la salud física y mental, para favorecer una mejor calidad de vida.
Ana María es un personaje ficticio, creado con fines reflexivos; puede ser tu compañera de estudios o de trabajo, la persona que intenta cumplir con todo mientras enfrenta cargas que no comparte con nadie; puede ser tu amiga, tu hermana, tu madre o incluso tú misma.
Por ello, es necesario construir espacios más humanos, especialmente libres de estigmas y prejuicios, donde la empatía, el respeto y el apoyo mutuo formen parte de nuestra convivencia diaria.
Cuando reconocemos el valor de las personas y promovemos su bienestar integral, contribuimos a construir una sociedad más saludable, equitativa y humana.
