Escrito por: Máster Adán Alexis Acosta Martínez. Docente e investigador, UNASA.

Hablar hoy de educación superior es hablar de inclusión, bienestar, innovación y acceso. Son temas legítimos, necesarios y profundamente actuales, porque ninguna institución educativa debería ignorar las condiciones reales de sus estudiantes. Sin embargo, también es necesario preguntarnos si, en nombre de esos ideales, no estamos cediendo demasiado en algo esencial: la exigencia formativa.

En los últimos años, la educación superior ha incorporado con más fuerza modelos flexibles, estrategias de acompañamiento y discursos orientados a construir espacios educativos más humanos. Ese propósito, en sí mismo, es valioso. El problema aparece cuando la flexibilidad deja de ser una herramienta de apoyo y se convierte en una renuncia silenciosa al rigor académico. Educar no es solamente hacer más accesible el contenido; educar también es formar disciplina intelectual, capacidad de análisis, perseverancia, criterio y responsabilidad.

Bajo esta perspectiva, el problema no es menor. Hoy observamos con frecuencia estudiantes que leen menos, profundizan menos y toleran menos la frustración académica. En lugar de consolidar conocimientos, muchos terminan acostumbrándose a resolver con rapidez lo que antes requería tiempo, lectura comprensiva y elaboración personal. Este fenómeno resulta preocupante porque el pensamiento crítico no surge de la inmediatez, sino del esfuerzo sostenido, del contraste de ideas y del hábito de examinar con profundidad lo que se estudia. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD) ha señalado que el pensamiento crítico es una competencia central para valorar los resultados reales de la educación superior, especialmente cuando se busca conocer si los estudiantes desarrollan habilidades transferibles más allá de la memorización (OECD, 2022). Asimismo, las llamadas habilidades del siglo XXI incluyen el pensamiento crítico, la comunicación, la colaboración y la creatividad como capacidades esenciales para el trabajo y la educación contemporánea (Thornhill-Miller et al., 2023).

La tecnología ha intensificado esta tensión en los últimos años con la inteligencia artificial. Tener acceso inmediato a respuestas no siempre significa comprender un contenido en el nivel que la educación superior espera. A veces, solo significa encontrar algo rápido sin incorporarlo realmente al propio razonamiento. El acceso digital es valioso, pero cuando se transforma en dependencia cognitiva, puede producir una ilusión de conocimiento: el estudiante cree dominar un tema solo porque puede recuperarlo en segundos, aunque no lo haya procesado de forma auténtica. Diversos estudios han advertido que la búsqueda inmediata de información puede modificar la forma en que recordamos y valoramos nuestro propio conocimiento, generando una tendencia a confundir acceso a información con comprensión personal (Fisher et al., 2015; Sparrow et al., 2011).

Ahora bien, uno de los puntos más delicados de este debate es el perjuicio laboral que una formación poco rigurosa puede ocasionar a los propios estudiantes. Una educación menos exigente no solo afecta el rendimiento académico, sino también la transición hacia el empleo, porque amplía la brecha entre las competencias con las que los estudiantes egresan y las habilidades que el mundo laboral realmente demanda. En ese escenario, muchos egresados llegan al mercado con títulos, pero sin suficiente capacidad para resolver problemas, argumentar con solidez, comunicarse eficazmente o aprender de manera autónoma.

Esto tampoco es un asunto menor. Diversos informes han advertido que los empleadores valoran cada vez más habilidades como el pensamiento analítico, el pensamiento crítico, la comunicación, la adaptación y la ética de trabajo. El Future of Jobs Report 2025 del Foro Económico Mundial identifica el pensamiento analítico, la resiliencia, la flexibilidad, la agilidad y el aprendizaje continuo entre las competencias más relevantes para el mundo laboral actual y futuro (World Economic Forum, 2025). El resultado es preocupante: jóvenes que enfrentan mayores obstáculos para insertarse con solidez, egresados que deben invertir en formación adicional para compensar vacíos previos y profesionales que, aun teniendo un título, no logran responder con suficiencia a las exigencias reales del entorno laboral.

En otras palabras, cuando la universidad reduce demasiado la exigencia, no está protegiendo necesariamente al estudiante: puede estar debilitando sus posibilidades futuras. Una formación complaciente puede producir una falsa sensación de logro, pero más adelante esa fragilidad se hace visible en entrevistas laborales, en el desempeño profesional, en la adaptación al trabajo y en la capacidad de sostener responsabilidades complejas. Incluso la inflación de credenciales ha llevado a que algunos títulos pierdan fuerza como señal de competencia real, obligando a muchos jóvenes a buscar más estudios o certificaciones para demostrar lo que su formación inicial no logró consolidar plenamente.

Esta realidad plantea un desafío que trasciende el ámbito laborar y conduce a una reflexión más amplia sobre el sentido mismo de la educación superior. Por eso, el debate no debería centrarse en si debemos innovar; la verdadera pregunta es cómo innovar sin empobrecer la experiencia formativa. La tecnología es una aliada extraordinaria, pero no debe reemplazar el esfuerzo intelectual que da sentido al aprendizaje personal, para el cual no existen atajos.

Tampoco se trata de negar la importancia de la salud mental ni de defender esquemas rígidos y deshumanizados. Se trata de recordar que acompañar no es rebajar toda exigencia formativa; formar con humanidad no significa formar sin estándares necesarios para ejercer una profesión; y proteger al estudiante no debería implicar privarlo de los desafíos que precisamente le permiten crecer.

En la universidad no solo se imparten contenidos; se forman futuros profesionales. Un profesional no se define únicamente por aprobar materias o acumular credenciales, sino por su capacidad de pensar con autonomía, actuar con responsabilidad y responder con criterio ante la complejidad de la realidad. Por eso, defender la exigencia académica no es una postura anticuada; es una postura ética. Significa tomar en serio el valor del conocimiento, el papel del esfuerzo y la responsabilidad institucional de entregar profesionales auténticamente preparados.

Esta reflexión no busca cerrar el debate, sino abrirlo con seriedad. Precisamente por eso, invito a quienes deseen profundizar en este tema a leer el ensayo completo: “Educación sin esfuerzo: la cultura del mínimo intento y sus consecuencias”, publicado en la revista Ciencia, Humanidad y Cultura UNASA. Allí se desarrollan con mayor amplitud los argumentos, evidencias y consecuencias académicas, laborales y sociales de esta problemática contemporánea.

Porque modernizar la educación es necesario, pero hacerlo sin perder el valor del esfuerzo, del pensamiento crítico y de la formación auténtica es, hoy más que nunca, una responsabilidad universitaria.

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