Escrito por: Máster Oscar Alexis Linares Flores. Docente de Posgrado, UNASA.

Hoy en día, hablar de educación en salud en pleno siglo XXI y no tocar el punto de la inteligencia artificial (IA) es desestimar una de las transformaciones más profundas que acoge la formación profesional. La IA ya incorpora herramientas en aulas virtuales, plataformas educativas, simuladores clínicos y procesos de evaluación académica. Ante este contexto, debo reconocer que la inteligencia artificial debe adquirir un papel decisivo en la educación en salud, eso sí, sólo cuando se use como un recurso pedagógico complementario, bajo un control ético y orientado para reforzar, no sustituir, el pensamiento crítico y la dimensión humana en el profesional educativo y el estudiante.

La evidencia determina que la IA tiene un impacto positivo cuando se usa de manera adecuada en los procesos formativos. Permite personalizar el aprendizaje, crear caminos de acceso a la información científica actualizada y promover el entrenamiento en la decisión clínica a partir de simulaciones avanzadas. El uso de estas herramientas contribuye en la educación en salud a una formación más activa, por competencias, adaptada a las exigencias reales de los sistemas sanitarios actuales.

No obstante, la innovación tecnológica no es una adopción automática del ser humano. Siendo así que una adopción acrítica de la IA puede resultar en una dependencia cognitiva, en una superficialidad analítica y en una peligrosa ilusión de la certeza en contextos donde el error clínico puede tener serias consecuencias humanas. La Organización Mundial de la Salud indica que, sin un marco ético, la IA puede socavar la autonomía profesional, comprometiendo la toma de decisiones racionales (Organización Mundial de la Salud [OMS], 2021). Es así que

Por tanto, nunca podemos pensar que la IA será nuestro agente de pensamiento principal, sino debe este ser solo una herramienta del proceso formativa, que ayude tanto al educador como al educando a pensar mejor, sin dejar de lado el proceso crítico, el juicio profesional y la responsabilidad intelectual de cada académico en el proceso del aprendizaje en salud.

Sin embargo, en los centros de educación superior, la ética académica en el uso de la IA es un reto muy importante. La utilización indiscriminada de herramientas de IA para generar textos, para resolver evaluaciones o para simular procesos de aprendizaje es un riesgo real para la integridad intelectual. Es claro que como instituciones académicas no estamos para prohibir, sino para formar en estos temas. El principal aspecto clave de esto es la alfabetización ética sobre la IA, ya que esta permite entender los límites, los sesgos y las responsabilidades, así como para promover un uso transparente y ético que se alinee con los valores universitarios (Organización de las Naciones Unidas para la Cultura, las Ciencias y la Educación [UNESCO], 2023).

En este contexto, el rol del docente en salud no se debilita, sino que se pondera. Dejando claro que el docente deja de ser un mero transmisor de temas, para convertirse en un formador con campo crítico, que orienta en normas éticas y un mediador pedagógico con la capacidad de conectar tecnología con razonamiento clínico, experiencia y consideraciones propias de los valores profesionales. La IA llega a ayudar a la docencia, pero nunca podrá pensar críticamente, ni tampoco mostrar empatía, ni menos aún aportar el juicio del ser humano, como se traduce de lo que se entiende por formación sanitaria (Charow et al., 2021).

A partir de estas reflexiones, se vuelve necesario cuestionar el tipo de profesionales de la salud que se están formando en las instituciones de educación superior. Si pretendemos la formación de unos profesionales competentes técnicamente, pero humanamente distantes, la inteligencia artificial mal entendida será suficiente. Pero si lo que se espera de los profesionales es que sean críticos, éticos y con un compromiso a la dignidad humana, es entonces cuando la IA debe ser tratada como la aliada de la toma de conciencia y del control en el lugar que le corresponde, no como un “atajo formador”.

La inteligencia artificial no determina cómo será el futuro de la formación en salud, lo que lo va a determinar es cómo queremos emplearla. Innovar no se traduce en deshumanizar. Innovar en la educación en salud es tener el valor de entrelazar la tecnología sin renunciar a aquello que nos hace ser verdaderos profesionales: la capacidad de pensar, de decidir y de cuidar del otro con responsabilidad y humanidad.

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