Familias, turistas nacionales y extranjeros participaron en una de las celebraciones culturales y religiosas más representativas de El Salvador, iluminando las calles de Ahuachapán con faroles que simbolizan la fe y la esperanza.

La lluvia no impidió que cientos de personas salieran a las calles de Ahuachapán para mantener viva una tradición que, desde hace más de un siglo, ilumina la víspera de la festividad de la Natividad de la Virgen María. El Día de los Farolitos volvió a reunir a familias, feligreses y visitantes nacionales y extranjeros en una celebración donde la fe, la cultura y la identidad salvadoreña fueron las protagonistas.

Cada 7 de septiembre, las calles, viviendas, parques y edificios se llenan de faroles de colores como parte de una costumbre que recuerda la luz con la que, según la tradición católica, los fieles anunciaron el nacimiento de la Virgen María. La celebración también representa un símbolo de esperanza, unidad y renovación espiritual para miles de creyentes.

Desde tempranas horas de la tarde, decenas de turistas comenzaron a recorrer el centro histórico para apreciar los faroles elaborados con papel de colores y otros materiales artesanales. Aunque la lluvia acompañó parte de la jornada, la asistencia se mantuvo y la actividad continuó entre calles iluminadas, música y un ambiente de convivencia familiar.

Uno de los principales puntos de encuentro fue la Iglesia La Asunción, donde numerosos feligreses participaron en las actividades religiosas previas al encendido de los faroles. Para muchas familias, asistir al templo y luego recorrer las calles forma parte de una tradición que ha pasado de generación en generación.

El Día de los Farolitos tiene sus orígenes a finales del siglo XIX, cuando habitantes de Ahuachapán colocaban faroles frente a sus viviendas para anunciar la celebración mariana del 8 de septiembre. Con el paso de los años, la costumbre trascendió el ámbito religioso y se convirtió en una de las expresiones culturales más representativas del occidente salvadoreño, atrayendo cada año a miles de visitantes.

Además de preservar una tradición centenaria, la festividad impulsa el turismo, dinamiza la economía local y permite que nuevas generaciones conozcan el significado histórico y religioso de una celebración que identifica a Ahuachapán dentro y fuera del país.

Más que el encendido de miles de luces, el Día de los Farolitos demuestra cómo una tradición nacida de la fe continúa reuniendo a las familias y manteniendo vivo uno de los patrimonios culturales más emblemáticos de El Salvador.

c)| Redacción El Cénit, fotografías: Daniela Bueno.

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