Escrito por: Máster Juan Miguel Velis Tovar, Coordinador de Postgrados en Maestría, UNASA

Vivimos una época en la que la incertidumbre económica, la rápida transformación digital y la exigencia permanente de resultados en el campo laboral, no dan descanso. Ante este escenario, el talento humano se establece como el centro para la adaptación y la sostenibilidad de las organizaciones. Sin embargo, mientras muchas empresas enfocan sus esfuerzos en capacitar competencias técnicas, indispensables, suele pasarse por alto una competencia que determina el desempeño, la convivencia laboral y el liderazgo efectivo: la inteligencia emocional (IE).

Esta postura personal se basa en la práctica de la psicología organizacional y parte del hecho de que la inteligencia emocional no es un “adicional” o una habilidad blanda menor. Es una competencia estratégica esencial para enfrentar la complejidad, liderar con humanidad y construir entornos laborales saludables y resilientes. Este artículo busca plantear su valor como eje transversal del éxito organizacional y del bienestar humano.

Para iniciar hay que definir qué es la inteligencia emocional y su alcance. Para entenderlo es útil partir de una definición clásica. Los investigadores Mestre, Brackett, Guil y Salovey (2007) describen la inteligencia emocional como un conjunto de cuatro capacidades interconectadas:

  1. Percibir y expresar emociones con precisión
  2. Utilizar las emociones para facilitar el pensamiento y la cognición
  3. Comprender las emociones, sus causas y sus transiciones.
  4. Regular las emociones para promover el crecimiento personal y emocional

Esto nos muestra que la inteligencia emocional va más allá de ser “amable” o tener “empatía”. Se trata de un sistema de habilidades prácticas que nos permiten emplear la información de manera estratégica: para tomar mejores decisiones, resolver conflictos, inspirar a otros y mantener la calma bajo presión en cualquier escenario social, diría que no solo es una habilidad, sino que es un sistema de competencias emocionales necesarias para sobrevivir a la complejidad de la vida.

Aplicando este alcance al campo laboral, diríamos que la inteligencia emocional comprende la capacidad en el trabajo de identificar, entender y gestionar tanto nuestras propias emociones como las de quienes nos rodean. Esto incluye expresarlas de manera adecuada, afrontar el estrés, adaptarse a cambios, mostrar empatía hacia compañeros y emplear las emociones de forma constructiva para tomar decisiones y resolver conflictos. Según la Universidad de Anáhuac (2023), desarrollar esta habilidad es clave para fomentar relaciones laborales saludables, mejorar la comunicación, incrementar la motivación y productividad, manejar presiones, impulsar la creatividad y fortalecer el liderazgo.

En los entornos laborales actuales, marcados por el cambio constante y la alta exigencia, esta competencia se vuelve indispensable; algunos datos la respaldan. Un estudio de TalentSmartEQ empresa enfocada en el desarrollo y evaluación de la inteligencia emocional para diferentes organizaciones a nivel mundial, muestra que el 90% de los profesionales con alto desempeño poseen niveles elevados de inteligencia emocional, además, expresan que el 58% del desempeño laboral es responsabilidad de la inteligencia emocional (Bradberry & Greaves, 2022). Así mismo otras investigaciones subrayan que un liderazgo con alta inteligencia emocional predice climas laborales más positivos, mayor retención de talento y equipos más eficaces (Goleman, 2005).

Las consecuencias de su ausencia

¿Qué sucede cuando una organización descuida la dimensión emocional de su gente? El resultado, con mucha frecuencia, es un entorno denominado tóxico. La falta de empatía, la poca autorregulación y la incapacidad para gestionar conflictos desde el respeto generan una cadena de efectos negativos, malentendidos constantes, desmotivación y, en muchos casos, agotamiento profesional o burnout (Maslach & Leiter, 2016).

He podido evidenciar cómo compañías con grandes inversiones en tecnología y formación técnica fallan debido a un liderazgo emocional débil. Las señales son claras: alta rotación, ausentismo elevado, falta de compromiso laboral y baja productividad. En mi opinión, el error es creer que la competencia técnica por sí sola garantiza el éxito del desempeño laboral. La fórmula ganadora es el equilibrio entre habilidades duras y habilidades blandas, lo que hoy en día se le llama habilidades de poder y acá la inteligencia emocional está a la cabeza. Sin inteligencia emocional no se puede trabajar en equipo, resolver conflictos, comunicarse efectivamente, manejar el estrés, ni mucho menos adaptarse a los cambios constantes de nuestra época.

La ruta a seguir

Desde mi experiencia considero que desarrollar inteligencia emocional es posible y representa una de las inversiones con mayor retorno para las organizaciones. No obstante, para que sea efectiva, debe integrarse de manera formal en los programas de formación empresarial, en los procesos de inducción, en las evaluaciones del desempeño y especialmente en los procesos de selección y el desarrollo del liderazgo. De igual forma, las instituciones de educación superior tienen la responsabilidad de formar profesionales que no solo dominen la técnica, sino que también fortalezcan habilidades blandas y particularmente, habilidades de poder que les permitan adaptarse mejor al entorno laboral, ser más productivos y experimentar mayor satisfacción profesional, y en este sentido la Inteligencia emocional como habilidad de poder, está a la cabeza.

Para concluir, algunos podrían argumentar que, en tiempos de crisis, lo “urgente” son las habilidades técnicas. Esta visión es reduccionista. Los mejores resultados surgen de equipos que son brillantes técnicamente y, al mismo tiempo, emocionalmente sanos y cohesionados. No se trata de elegir, sino de integrar ambas dimensiones.  Un ingeniero brillante que no puede trabajar en equipo, un médico que no sabe escuchar o un líder que no gestiona sus emociones se convierten, sin quererlo, en factores de riesgo para cualquier organización.

Invertir en inteligencia emocional es invertir en resiliencia colectiva, en salud mental, en liderazgo sostenible y un bienestar social auténtico. Si aspiramos a enfrentar los retos del presente y construir un futuro más humano y productivo, el camino comienza por invertir en inteligencia emocional este 2026.

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