c)| Escrito por: Dr. Rocío Ivón Ramírez Bernal, Docente tiempo completo de la Escuela de Medicina de UNASA.
¿Cuántas veces un simple malentendido o una palabra no dicha se convierte en un obstáculo entre las personas? La respuesta a muchos de los conflictos diarios yace en la calidad del diálogo.
En la actualidad, dada la sobrecarga de información, el ritmo acelerado y las múltiples exigencias de la sociedad actual, la comunicación humana se convierte en un recurso esencial para la convivencia, el desarrollo personal y colectivo: sin embargo, se debe tener en cuenta que comunicar no es solo hablar; implica una serie de elementos complejos como: comprender, escuchar, interpretar e interactuar con respeto y equilibrio emocional. En este contexto, la comunicación asertiva, comprensiva y empática surge como una herramienta fundamental y necesaria para fortalecer las relaciones interpersonales saludables en espacios laborales, académicos, familiares y comunitarios. Como afirman Adler, Rosenfeld y Proctor (2017), una comunicación efectiva es un proceso que combina habilidades sociales, emocionales y cognitivas orientadas a construir relaciones significativas y respetuosas.
La comunicación asertiva permite expresar ideas, sentimientos y necesidades de manera clara, respetuosa y honesta, sin agredir ni someterse. Según Alberti y Emmons (2017), ser asertivo significa que cada persona reconoce sus derechos y respeta los de los demás, aprende a decir lo necesario con equilibrio y consideración.
Poner en práctica la asertividad es más que una simple técnica; es un acto de autorespeto. La culpa es un sentimiento que las personas suelen anteponer al momento de expresarse, y la asertividad nos ayuda a superarla. Esta se manifiesta en acciones cotidianas como la capacidad de establecer un límite con un familiar que interfiere en decisiones personales, o expresar nuestra opinión cuando no estamos de acuerdo con una decisión, sin sentirnos temerosos de dañar a las demás personas, negarse con educación y firmeza a una solicitud laboral que sobrepasa nuestras responsabilidades, sin sentir el peso de la culpa.
La asertividad nos dota del lenguaje y el valor para, por ejemplo, negociar un plazo de entrega para un proyecto basándonos en hechos reales. Esta negociación se lleva a cabo sin la necesidad de atacar o exigir con enojo (sin agresividad), permitiendo a la persona aceptar la decisión final con dignidad y sin caer en la sumisión por miedo al conflicto (sin pasividad). De esta manera, las personas honran sus necesidades y dignidad.
Como se describe en los párrafos anteriores la asertividad se centra en el “yo” y el valor de la dignidad y autonomía, por otra parte, la comprensión invita a reconocer que cada persona vive experiencias, emociones y circunstancias únicas que moldean su comportamiento y forma de comunicarse. Rogers (1995) destaca que comprender a otro no significa justificar ni estar de acuerdo, sino entender su perspectiva desde un sentido genuino de interés y humanidad. Lazarus (1991) complementa esta idea al señalar que la emoción es un factor central en la evaluación de cualquier evento, lo que significa que el tono y la carga afectiva de nuestras palabras a menudo superan al contenido lógico.
Otro elemento clave en la calidad del proceso de comunicación efectivo y cordial es la empatía, esta capacidad de reconocer y conectar con las emociones ajenas, no solo favorece la convivencia, sino que también fortalece la colaboración y el sentido de pertenencia. Goleman (2021) sostiene que la empatía es uno de los pilares de la inteligencia emocional, clave para construir relaciones sólidas y resolver conflictos de forma pacífica. Covey (2004) subraya la necesidad de «procurar primero comprender y después ser comprendido». Esta escucha empática es fundamental para que, cuando las personas practican la empatía activamente, surjan ambientes de cooperación, apertura y apoyo mutuo, disminuyendo tensiones y malentendidos.
En situaciones de conflicto o desacuerdo, la empatía es crucial. Y no se trata de ponernos los zapatos del otro para caminar en ellos, sino de comprender la forma de ver las situaciones del resto de personas. Esta capacidad nos obliga a dejar de lado nuestro propio juicio por un momento y reconocer que la emoción del otro es real y válida para él, aunque nuestra lógica nos diga lo contrario. Al validar su sentimiento, aunque no estemos de acuerdo con su postura, desarmamos el conflicto y lo convertimos en un terreno de negociación, no de batalla.
En cualquier situación del diario vivir donde existan diferencias de pensamiento, prioridades o estilos de trabajo, estas habilidades actúan como puentes que facilitan la colaboración y permiten transformar retos en oportunidades; sin embargo, cuando estas habilidades tan valiosas no se llevan a la práctica, el ambiente se oscurece. La falta de asertividad lleva a las personas a dos extremos igualmente destructivos, que alimentan la frustración, el conflicto, enemistad, resentimiento y no contribuyen a la calidad de vida que cada individuo debe tener en cualquier ámbito de la vida. Por un lado, la pasividad, donde se elige el silencio y la sumisión por temor a la confrontación o al juicio, acumulando una pesada carga de frustración y resentimiento que mina la autoestima y la salud mental. Por otro lado, la agresividad, que surge como una reacción desmedida cuando la frustración o el enojo superan la capacidad de resiliencia, resultando en palabras hirientes o ataques que dañan irreparablemente los vínculos. No basta con evitar el conflicto; la verdadera madurez comunicativa radica en saber manejarlo.
La falta de estas habilidades puede derivar en quejas frecuentes, resistencia al trabajo en equipo y deterioro emocional general. No es la cantidad de tareas lo que desgasta, sino la ausencia de comunicación sana, escucha activa y disposición genuina para cooperar.
La comunicación asertiva, comprensiva y empática no es una habilidad automática con la que nacemos, es una práctica consciente que requiere aprendizaje, intención y constancia. Su implementación contribuye al bienestar emocional, fortalece relaciones interpersonales y fomenta entornos basados en respeto y colaboración. Cultivar estas capacidades, no solo mejora la interacción con los demás, sino que también promueve espacios saludables y productivos donde todos pueden crecer, sentirse plenos y respetados.
De esta manera la convivencia y la verdadera construcción social no se sostienen en la imposición ni en el silencio, sino en el diálogo honesto, la escucha activa y la empatía. Como sociedad, tenemos la oportunidad de elegir ser constructores de puentes en lugar de muros. La comunicación es, sin duda, el primer paso para ese cambio trascendental.
