Escrito por: Máster Juan Miguel Velis Tovar, Coordinador de Postgrados en Maestría, UNASA

“Pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino un acto de enorme valentía”, plantea Brené Brown (2025), profesora e investigadora de la Universidad de Houston. Esta afirmación cobra especial relevancia en nuestra realidad donde hablar de salud mental sigue siendo un desafío. Reconocer nuestras vulnerabilidades y abrir espacios para dialogar sobre ellas no solo es un ejercicio personal de honestidad sino también un paso necesario.

La salud mental: Una realidad de la que pocos hablan

La salud mental ha sido históricamente descuidada y estigmatizada en El Salvador. Esta percepción coincide con lo expuesto por los diputados de la Asamblea Legislativa durante la presentación de la Primera Encuesta Nacional de Salud Mental (Asamblea Legislativa de El Salvador, 2023). En esta sesión, los diputados reconocieron el estado actual de la salud mental y el abandono que han sufrido los salvadoreños durante décadas en este tema, enfatizando la importancia de comprender mejor la magnitud del problema para hacer intervenciones eficientes y eficaces.

Este descuido es particularmente grave en un país marcado por la alta vulnerabilidad. Los salvadoreños hemos vivido múltiples eventos traumáticos: desastres naturales, guerra civil, altos índices migratorios y la violencia generalizada que han dejado como consecuencia huellas profundas en el bienestar emocional y en el tejido social (González, 2011). El impacto acumulado de estas experiencias ha debilitado a la familia, que es el primer espacio donde los niños y niñas aprenden a interactuar, convivir y desarrollar habilidades socioemocionales, este deterioro del núcleo familiar ha comprometido el sistema primario de formación de valores y competencias esenciales, como la inteligencia emocional, creando un ciclo difícil de romper.

La salud mental se trata de un estado de bienestar en el que el individuo desarrolla sus capacidades, afronta el estrés de la vida cotidiana, trabaja de forma productiva y contribuye activamente a su comunidad (Organización Mundial de la Salud, 2004). Sin embargo, este ideal se aleja de nuestra realidad. El deterioro del bienestar mental se evidencia en formas que todos podemos observar:  el alcoholismo, el tabaquismo, la violencia intrafamiliar, la agresividad que se muestra en las relaciones humanas en las calles e incluso en las interacciones en redes sociales. También se representa en el abandono escolar, en el bajo rendimiento académico, en el ausentismo laboral y en los altos niveles de estrés de la población en general y en las cifras de homicidios, feminicidios y suicidios.

Clínicamente, estos problemas de salud mental se convierten en una creciente prevalencia de trastornos de ansiedad y del estado de ánimo (Ministerio de Salud de El Salvador, 2023), así como en somatizaciones físicas sin causa médica aparente, y la evidencia más extrema y trágica de esta crisis es el alarmante número de casos de suicidio. Lejos de ser problemas aislados o individuales, estas manifestaciones constituyen un síntoma colectivo. Son el reflejo de una necesidad urgente: elevar la atención a la salud mental al más alto nivel, no solo como un asunto de salud pública, sino como un pilar fundamental para el verdadero desarrollo humano del país.

¿Por qué cuesta tanto hablar de salud mental?

Aunque la salud mental esté marcada por factores sociales y estructurales complejos, en primera instancia, es responsabilidad de cada persona reconocer su estado emocional y buscar apoyo; sin embargo, este paso no siempre es fácil, pero ¿por qué no se pide ayuda cuando enfrentamos dificultades emocionales? El miedo al rechazo es natural en el ser humano: cuando pensamos que podemos ser ignorados, juzgados o minimizados, evitamos situaciones que nos generan malestar emocional. En este caso, el estigma social alrededor de la salud mental ocasiona que se guarde silencio y no se hable sobre los problemas que nos aquejan y como resultado se presenta un alto grado de ansiedad social, baja autoestima y una serie de reacciones fisiológicas y emocionales que son similares al dolor físico.

Por otro lado, en nuestra sociedad el estigma que aún persiste sobre la salud mental representa un riesgo real. Diversos estudios y organismos internacionales, como la Organización Mundial de la Salud, señalan que el estigma y el miedo al juicio social son factores que dificultan que las personas busquen atención oportuna (OMS,2022). Como consecuencia, la salud mental continúa asociándose erróneamente con la “locura” o la “debilidad”. A ello se suman prejuicios morales y religiosos que refuerzan estas ideas y se convierten en barreras que impiden que muchas personas hablen de lo que sienten y que reconozcan que necesitan apoyo o encuentren un espacio seguro para expresar sus problemas.

¡Un paso a la vez!

Hablar de salud mental debe convertirse en una práctica cotidiana, urge visibilizar las realidades que nos afectan, romper el silencio y promover espacios de atención psicológica accesibles. Este esfuerzo debe ser una prioridad compartida: comenzar en las familias, fortalecerse en los entornos educativos, respaldarse por la academia y el Estado. Necesitamos formar equipo para la salud mental. Esto implica no solo hablar con urgencia del tema, sino también construir rutas de acción claras: saber a dónde acudir, desarrollar redes de apoyo accesibles y funcionales, y garantizar que nadie tenga que buscar ayuda sin orientación. Solo así podremos avanzar hacia una sociedad más consciente, informada y solidaria con la salud mental.  

Quiero concluir esta reflexión con un llamado a la acción, es primordial prestar atención a quienes nos rodean y estar dispuestos a ofrecer la mano a quien lo necesite sin minimizar su malestar, ser empáticos, pues todos en mayor o menor medida necesitamos ser escuchados. Como menciona Brown (2010), «Todas las personas cargan con su propio mundo emocional y es a través de la empatía que podemos comprender y acompañar a los demás». Los estigmas y prejuicios sociales son reales y son barreras que silencian el sufrimiento: sin embargo, romper ese silencio es un acto necesario para construir comunidades más saludables. Hablar sana y hoy más que nunca debemos entender que la salud mental no es una opción, debe ser una prioridad.

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