Escrito por: Máster René Mauricio Morán Guevara, Docente tiempo completo de la Escuela de Ciencias de la Comunicación – Licenciatura en Comunicación Digital Multimedia, UNASA.

El artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos garantiza a todas las personas el derecho de opinar y expresarse libremente, así como de investigar y difundir la información por cualquier medio de expresión.

Durante muchos años, esto parecía un privilegio de los grandes medios de comunicación, quienes, de alguna manera, monopolizaron la práctica noticiosa, condicionada por líneas editoriales y jerarquizando los temas según sus intereses.

Sin embargo, no se puede negar que los medios de comunicación sistematizaron los procesos de investigación, procesamiento y difusión de la información. La construcción de los mensajes que estos envían a las masas es producto de un estricto rigor periodístico, que incluye la verificación y depuración de información, contraste de fuentes, técnicas de redacción y producción multimedia.

El surgimiento de las redes sociales le dio sentido al mandato del artículo 19 de la Declaración, permitiendo que cualquier ciudadano pueda expresarse y difundir información libremente, tenga o no formación periodística.

Gracias a las redes sociales, la ciudadanía se informa a sí misma; la aparición de figuras como el periodista ciudadano y los creadores de contenido han generado un sentimiento de necesidad por la inmediatez de la información.

Durante el Congreso de Periodismo en Huescas, España, Sergi Roca Puntí, jefe de la sección internacional de Catalunya Radio, comparó la inmediatez con la “espada de Democles”, haciendo alusión al riesgo que representa la ventaja tecnológica en la cobertura y distribución inmediata de las noticias.

Y es que, al democratizarse la construcción noticiosa y entendiendo que quienes están produciendo información son personas comunes dentro de la sociedad, la ciudadanía dejó de exigir calidad en el contenido, prefiriendo la inmediatez de la noticia.

Cada vez es más frecuente encontrarnos con publicaciones que presentan información incompleta, errores ortográficos, fuentes de información sin verificar, fotografías con poca (o nada) narrativa o ejecución técnica, falta de contrastes de versiones, entre otros.

Los generadores de contenido han encontrado en la inmediatez de la información un nicho importante para generar vistas, interacciones y monetización, sin importarles sacrificar la calidad del contenido.

Por ejemplo, un creador de contenido que casualmente circula frente a un accidente de tránsito toma un video del hecho e inmediatamente sube la información a sus cuentas de redes sociales; con seguridad, el post tendrá en pocos minutos decenas de reproducciones.

No obstante, esta información carece de contexto: ¿cómo sucedieron los hechos?, ¿hay personas lesionadas?, ¿quién tiene la responsabilidad?, ¿a qué hora ocurrió?, entre otros. A la audiencia parece no importarle la profundidad de la noticia, basta con tener la mínima información de manera inmediata para satisfacer su curiosidad.

En el artículo titulado “¿Se está perdiendo la ética periodística por la inmediatez de la noticia?” (2019), publicado por la Fundación Gabo, en su sitio web, la periodista Mónica González, considera que “las redes sociales no están obligadas al rigor y a la exactitud. Por eso el periodismo es diferente de la información que entregan las redes sociales.”

Bajo esa lupa, parecería que la sociedad se ha acostumbrado a consumir información sin importarle la procedencia, la veracidad ni la calidad del producto noticioso.

Tomemos como ejemplo las fotografías: no importa si la imagen está desenfocada, sobre expuesta, trepidada o carece de composición; lo que a las personas les interesa es la inmediatez, no la calidad. Parecería que hay urgencia en informarse, sin importar quién emita el mensaje.

Otro aspecto importante que se está sacrificando en aras de la inmediatez y la búsqueda de vistas (reacciones, monetización, etc.) en redes sociales, es la ética con la que se presenta la información.

El periodista, generalmente, evita presentar escenas que perturben la salud mental de la audiencia. Asimismo, procura garantizar el anonimato de personas que pertenecen a grupos vulnerables o que han sido víctimas de violencia, entre otras prácticas éticas.

En las redes sociales, en cambio, los usuarios no tienen filtros para compartir las imágenes, aun cuando estas dañen la imagen, el honor y la dignidad de las personas. Publican incluso sin haber confirmado la información o tener una versión oficial del hecho.

Actualmente la sociedad digital sufre de “infoxicación”, es decir, que “la cantidad de información que recibimos nos satura y nos supera”, según se puede leer en el artículo “Infoxicación: cómo combatir el exceso de información”, publicado en el sitio web saludymente.com.

Este mar de información, y la libertad de cualquier persona para compartir noticias en las plataformas virtuales, se convierte en un espacio propicio para el consumo de contenido falso y tendencioso, que impacta de forma negativa en la percepción de la realidad de la audiencia.

Es aquí donde los medios de comunicación juegan un papel importante, haciendo valer el rigor periodístico y mostrándose como una fuente confiable en la producción de contenido informativo.

En el artículo citado se consigna las repercusiones psicológicas que trae para los usuarios la exposición a grandes cantidades de información, que en muchos casos resulta ser efímera. “Siempre deseamos obtener más información, aunque no siempre podamos retenerla y digerirla”, se advierte en el texto.

Más allá de la proliferación de “periodistas ciudadanos” y creadores de contenido noticioso, los medios de comunicación tradicional deben ser el lugar seguro para los ciudadanos que sí están interesados en consumir información precisa, veraz y objetiva; por tanto, los medios no pueden ceder en el rigor periodístico, ya que esto es parte de su compromiso con el desarrollo social del país.

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