La mañana de este jueves comenzó con el movimiento habitual de la Jornada de Salud Internacional gratuita en la Universidad Autónoma de Santa Ana (UNASA). Familias de distintas colonias del occidente del país llegaban con paso apresurado, algunas con niños en brazos, otras empujando sillas de ruedas o apoyadas en bastones. Era el cuarto día de una iniciativa que, más allá de la atención médica, se ha convertido en una experiencia de encuentro y esperanza.
Desde el primer día, el flujo de pacientes no ha cesado. Los consultorios instalados en las áreas de medicina general, odontología, fisioterapia y especialidades permanecen llenos, y la dinámica se repite con precisión y humanidad: recepción, diagnóstico, tratamiento y, sobre todo, escucha.
Entre los rostros de la jornada se encontraba Teresa de Jesús Ramos Rivera, una mujer de 62 años que llegó acompañada de su hija, tras superar las dificultades para trasladarla desde su hogar. La emoción le temblaba en la voz cuando relató su historia:
“Nos ha costado venir porque ella tiene dificultad para moverse; ha sufrido tres derrames cerebrales. Pero nunca imaginamos que íbamos a recibir esta gran bendición. Nos atendieron con tanta amabilidad, que más allá del medicamento, uno siente alivio en el alma.”
El momento más significativo del día llegó cuando su madre recibió una donación especial de una silla de ruedas, gestionada gracias a la coordinación entre Missionary North America, UNASA y líderes comunitarios.
El pastor Leonel Arteaga, de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, fue uno de los intermediarios que colaboró para hacer llegar la ayuda:
“Sabíamos que había una paciente que había tenido tres derrames y que necesitaba con urgencia una silla de ruedas. Coordinamos con la universidad y con los misioneros para que hoy mismo pudiera recibirla. Es una alegría compartir cuando el servicio médico se une con la fe y la solidaridad.”
La entrega provocó aplausos, sonrisas y lágrimas. En medio del bullicio de la jornada, el gesto recordó que la medicina también puede ser un acto de amor.


Unos metros más adelante, Sara Noemí Valle, residente de la colonia El Jordán, esperaba con paciencia su turno junto a su hija. Se enteró de la jornada gracias a un vecino y decidió aprovechar la oportunidad.
“Vine porque mi niña estaba con gripe. Nos atendieron bien, todo fue rápido y con medicina incluida. Ojalá más gente viniera, porque sí vale la pena. Lo hacen con cariño”, dijo con una sonrisa tímida.
Casos como el suyo se repiten a diario. Cada historia revela un mismo sentimiento: gratitud.


Así también lo expresó Rosa Candelaria Ayala, de 59 años, quien llegó desde el cantón Primavera con un grupo de vecinos.
“Nos trajeron en microbús. Es gratuito y muy bueno, por eso venimos todos. Ya había estado antes en otra jornada de UNASA y me ayudaron mucho con el problema de las rodillas. El personal es súper amable, y eso hace la diferencia”, comentó mientras sostenía su receta médica.
La cuarta jornada cerró entre consultas, sonrisas y oraciones. Mientras los voluntarios recogían materiales y los pacientes se despedían, quedaba la sensación de que cada día de atención es también una lección de empatía.



